Añoranzas del viejo Beijing, sufrimientos actuales en la capital china

Quizás porque me estoy volviendo viejo, y otras razones, cada vez añoro más al Beijing de antes (al que llegué en 1975) con la misma fuerza con la que me desagrada el Beijing actual.

La semana pasada visité la capital china y, entre la contaminación, los atascos, los problemas con los taxis, sólo estuve, en una semana, dos horas afuera de la Oficina y del Hotel. Tuve la suerte de que los temas de trabajo los pude resolver en la Oficina, dentro del mismo complejo donde estaba el hotel donde me alojaba, lo cual me permitió no salir a la calle. 
Foto de Beijing esta semana de la Agencia Xinhua
No sólo se trata de que del Beijing de mediados de los años 70 ya casi no queda nada –salvo los monumentos históricos y algunos parques- sino que hasta hace unos diez años la capital china era mucho más agradable, habitable, de lo que es en la actualidad.

Sí, es verdad, Beijing era más “pobre”, no conseguíamos con facilidad muchos artículos de uso diario y aprovechábamos para traerlos en nuestros viajes al exterior. Y eso también tenía en cierta medida un encanto, ya que disfrutábamos más cuando llegaban a nuestras manos esos productos.

Pero podíamos, y nos gustaba, andar en bicicleta, caminar por calles arboladas, ir a pasear o remar a los parques en verano y a patinar sobre hielo en invierno. Ahora, las continuas alertas amarillas llaman a la población a “reducir sus actividades en el exterior”.

Éramos “descubridores” de lugares de interés, de tiendas especiales, de restaurantes. La pequeña comunidad extranjera estaba muy unida; casi todos los fines de semana había alguna fiesta o reunión en casa de alguien, y en verano nos sentábamos afuera a tomar cerveza o “qishui” (agua gaseosa con sabor a naranja). Jugábamos al ping-pong , al bádminton, al fútbol y en verano teníamos la piscina del Hotel de la Amistad o del Hotel de las Colinas Perfumadas.

Los primeros restaurantes extranjeros privados que se abrieron tras la apertura al exterior, como el famoso “Mediterráneo” o el español “Mare” se convirtieron en lugares de encuentros inolvidables por lo menos para la comunidad de habla hispana.

Ahora Beijing es un bosque de rascacielos que parece que compitieran a ver cuál de ellos es más “raro”, de autopistas atascadas día y noche, de barreras arquitectónicas que obligan al peatón a estar constantemente cruzando puentes o túneles, donde es difícil conseguir un taxi y se puede tardar una hora para recorrer cuatro kilómetros. Y aparte de eso es una ciudad cada vez más cara. Andar en bicicleta es una actividad que se ha vuelto peligrosa, por el tráfico, por la contaminación, y minoritaria.

Es verdad que con la “modernización” y el “progreso” otras ciudades del mundo también han cambiado y son peores que en décadas atrás; pero también es verdad que otras han cambiado para bien, pensando en los habitantes y visitantes de las mismas.

En la capital china se han perdido tradiciones, como los baños públicos, el jugar al ajedrez o a las cartas en la calle, el que la ciudad se inundara de sandías en verano y de coles chinas en invierno. Beijing tenía sus cuatro estaciones (es verdad que el verano y el invierno más largas que la primavera y el otoño) cada una con su característica propia, sus colores, sus comidas, sus olores, su clima, su paisaje.

Ahora la macro-urbe sin personalidad, queda escondida y borrosa en medio de la contaminación a tal punto que –al igual que el hombre que muerde al perro- la noticia ya no es la contaminación sino cuando amanece y perdura un día claro, con aire limpio y cielo azul.

Las estadísticas de las empresas de transporte muestran que son más los extranjeros que se van de Beijing que los que llegan. Varias son las razones, entre ellas la contaminación, los cambios en la economía china, y las nuevas normas de las autoridades que obligan a marcharse del país a los extranjeros mayores de 60 años, muchos de ellos con décadas de residencia en China. O sea que encima de todo ya cada vez queda menos gente para ver.

Los veintidós años como residente en Beijing, y los cuarenta y uno relacionados con China creo que me dan “derecho” a criticar, quejarme y sufrir por lo inhóspita que se ha vuelto la Capital del Norte de la cual, por suerte, guardo agradables recuerdos del pasado.

El fútbol chino, de derrota en derrota

Hace casi un año atrás escribía en estas Reflexiones Orientales “Una decepción para el fútbol chino”( Ver artículo pinchando aquí.)

En abril de este año, el gobierno chino, bajo la dirección de Xi Jinping, considerado un gran aficionado al fútbol, fijó un ambicioso plan para convertir a China en una “superpotencia mundial de fútbol” para el año 2050. 


Los tres “sueños” de Xi Jinping en relación con este deporte son: que China participe en un mundial de fútbol, que China pueda organizar un mundial en su territorio y por último que su selección sea campeona del mundo.

Al mismo tiempo, en los últimos meses hemos visto cómo de forma continua empresas chinas compran equipos de fútbol por todo el mundo, atraen con contratos millonarios a entrenadores y jugadores para participar en su Liga nacional, y llegan a acuerdos para la creación de escuelas de fútbol con participación de miles de estudiantes.

Desde que llegué a China en 1975, o sea 41 años atrás, no he dejado de escuchar las quejas de su población, muy aficionada al fútbol, sobre por qué siendo el país más poblado del mundo, no eran capaces de seleccionar a once buenos jugadores. 

En los últimos años, a este “razonamiento” demográfico, se ha unido el poderío financiero de China y sus empresas, como si con todo el dinero del mundo se pudiera mejorar el nivel de un deporte detrás del cual hay tradición, picardía y lo que en Uruguay llamamos “garra”.

Con esta misma lógica -el país más poblado del mundo y con un extraordinario poder financiero- China debería figurar como el país número uno de la tierra, no sólo en fútbol, sino en otros deportes y demás campos de la vida social.

Por suerte para países como Uruguay -cuya población total es menor que la de un simple barrio de Beijing y que ha sido dos veces campeón del mundo y dos más campeón olímpico- la demografía y el dinero no son los elementos claves para figurar a la cabeza del mundo. No sé si existen en Uruguay escuelas de fútbol, y si es así, cuántas hay, Lo que si veo en Uruguay y nunca he visto en China son niños jugando al fútbol en la calle y plazas de todo el país. De allí han salido figuras que en la actualidad brillan en el fútbol europeo, por ejemplo Luis Suarez, Cavani o Godín, entre otros.

Lamentablemente para China su situación ha ido de peor en peor desde que en noviembre del año pasado escribí “Una decepción para el fútbol chino”. En las últimas dos semanas ha perdido con Siria y con Uzbekistán para las eliminatorias del mundial de fútbol de Rusia del 2018, y de cuatro partidos ha perdido tres y empatado uno.

Sólo un milagro haría que China pudiera clasificarse para el mundial de Rusia. En realidad, no sería nada nuevo, ya que la República Popular sólo participó en un Mundial de Fútbol, el de Corea-Japón del 2002 que, al realizare en Asia, permitió a China llegar a estar entre los mejores del Continente ya que la participación de Corea del Sur y de Japón ya estaba asegurada, como anfitriones.

En este caso concreto del fútbol, me temo que va a ser difícil que, a corto y mediano plazo el sueño del Presidente Xi Jinping y de más de 1.300 millones de chinos se haga realidad por más dinero que sigan invirtiendo en todo el planeta.


Una Ficha País y el desconocimiento sobre China

Hoy vuelvo a reflexionar sobre cómo, en la segunda década del siglo XXI, con las facilidades que da Internet, sigue existiendo en España un desconocimiento tan grande en todo lo relacionado con China, el país más poblado del mundo, la segunda economía del planeta y uno de los países “más de moda” en la actualidad, en casi todos los aspectos de la vida, desde la diplomacia y la economía, pasando por el cine (ver último festival de cine de San Sebastián) o incluso hasta por el fútbol. 


Lo de cómo escribir en español los nombres chinos, tanto de personas como de lugares, ya parece una batalla perdida. Lo que no podía imaginarme era que surgieran errores sobre quiénes son los dirigentes de la República Popular China. 

No salgo de mi asombro, por lo tanto, cuando leo en una Ficha País sobre China que “desde 2013 el presidente es Xi Jinping y el primer ministro Wen Jiabao.” La Ficha País ha sido publicada por una empresa española, una de las más importantes en su sector, en Europa y en España, y con una presencia en China de varias décadas, que parece no conocer que el Sr. Li Keqiang es no sólo el Jefe del Gobierno chino sino una de las figuras más de actualidad en el ámbito internacional, y que Wen Jiabao ya no es el Primer Ministro precisamente desde el año 2013.

No estamos pidiendo que “el ciudadano de la calle” se conozca estos nombres, pero ¿qué valor y credibilidad puede tener un documento sobre China cuando se comete este imperdonable error en un tema tan importante y a la vez “tan fácil” de comprobar?

Lamentablemente me temo que tendré oportunidad de seguir reflexionando sobre el desconocimiento que existe sobre China en España, por más que ya existen los famosos vuelos directos y de los bonitos discursos que se hagan sobre la importancia que se le da a las relaciones con la República Popular.

A los 40 años de la muerte de Mao. Recordando el 9 de septiembre de 1976

Se cumplen hoy 40 años de la muerte del líder chino Mao Zedong y me gustaría volver a recordar en estas breves líneas cómo viví ese día y los posteriores en la capital china, a la que habíamos llegado con parte de mi familia 14 meses antes.






El 9 de septiembre de 1976 amaneció soleado en Pekín. Era el típico día de uno de los meses más agradables de la capital china. Después de un verano agobiante y lluvioso, el corto otoño de septiembre daba otro color a la ciudad, gracias al azul claro del cielo y a las hojas que comenzaban a amarillear.

El cambio de color lo empezábamos a notar también en la vestimenta de la gente, y se pasaba del blanco de las camisas de verano, al azul, verde o gris de las primeras chaquetas de otoño.

Como todos los días mi hermana y yo habíamos ido en bicicleta al Instituto de Lenguas de Pekín para nuestras clases de idioma chino que comenzaban a las ocho. Acabábamos de comenzar nuestro segundo año de estudios. Ese día se conmemoraba un nuevo aniversario de la fundación del Instituto y a las cuatro de la tarde iba tener lugar un acto festivo, por lo que a lo largo de la mañana se comenzaron a colocar banderas chinas, de colores y carteles de celebración.

Cerca del mediodía, sin embargo, las banderas comenzaron a ser retiradas. El acto se suspendió y se nos informó que a las cuatro de la tarde se iba a comunicar una “importante noticia”. Asi se preparaban entonces en China los grandes anuncios: cada “danwei” –o entidad de trabajo o de estudio- informaba a todos sus integrantes que se iba a dar una “importante noticia” y todos debían estar pendientes de la radio a esa hora.

Cuando regresamos a nuestra vivienda en el Hotel de la Amistad  después de almorzar vimos que a mis padres también les habían dicho lo mismo.

Aunque eran tiempos sin redes sociales, internet, teléfonos móviles o faxes todos suponíamos de qué se trataba. Era la noticia que todos sabían que iba a suceder, pero que nadie se atrevía a mencionar en público: la muerte del Presidente Mao, el hombre a quien en todas las consignas se deseaba “diez mil años”, “diez mil, diez mil años”, de vida, que era la forma de decir “viva” en chino.

El fundador de la República Popular China tenía 83 años y en sus últimas apariciones públicas en la televisión recibiendo a personalidades extranjeras –entre ellos a Richard Nixon o al entonces Vicepresidente de Egipto Hosny Moubarak- se podía apreciar claramente el deterioro de su estado de salud. Como se veía en la televisión, cuando estaba de pie Mao tenía que estar sostenido por dos de sus asistentes, y en las fotos sólo se le veía sentado.

Su última aparición pública había sido un 12 de mayo, cuando recibió al Primer Ministro de Singapur, Lee Kuan Yew. En junio cuando Malcolm Frases, Primer Ministro de Australia viaja a China, ya no es recibido por Mao. La desaparición física del veterano dirigente era sólo cuestión de tiempo.

A las 4 de la tarde, ya en casa y pegados a la radio escuchamos el comunicado oficial. “El Comité Central del Partido Comunista de China, el Comité Permanente de la Asamblea Popular Nacional, el Consejo de Estado y la Comisión Militar del Partido Comunista de China comunican con inmenso dolor a todo el Partido, todo el ejército y al pueblo de todas las nacionalidades del país que el camarada Mao Zedong, respetado y querido gran líder de nuestro Partido, nuestro ejército y nuestro pueblo de todas las nacionalidades, gran maestro del proletariado internacional y de las naciones y pueblos oprimidos del mundo, falleció en Pekín a las cero horas diez minutos del 9 de septiembre de 1976 a causa de la agravación de su enfermedad”. Así comenzaba el largo comunicado oficial, al cual le seguía una relación biográfica de Mao, música fúnebre china y los acordes de La Internacional.

Esa misma tarde la población comenzó a lucir flores blancas de papel (símbolo de luto) en las solapas de su ropa y brazaletes negros. Al segundo día, y a pesar del duelo oficial fijado hasta el 18 de septiembre, asistimos a nuestras clases en el Instituto de Idiomas, donde el Profesor Wang, con lágrimas en los ojos, escribió en el pizarrón “Gloria eterna al Gran Líder el Presidente Mao!”. Esa fue nuestra clase de chino ese día.

El cuerpo de Mao fue velado en el Gran Palacio del Pueblo y por allí pasaron durante más de una semana, y de forma organizada unas 300.000 personas. Miembros de la comunidad extranjera –diplomáticos, los llamados “expertos”, extranjeros que trabajaban para organismos públicos chinos- fueron invitados a presentar sus respetos ante el féretro de Mao y así, el 14 de septiembre tuvimos la oportunidad de asistir al Palacio del Pueblo.

El 18 de septiembre, a las tres de la tarde, un millón de personas participó en la plaza de Tiananmen en la ceremonia oficial de despedida de Mao transmitida en directo por la radio y la televisión. Los habitantes de China -800 millones entonces- guardaron a esa hora tres minutos de silencio haciendo tres reverencias (según la tradición china) ante retratos de Mao encuadrados en negro. Todo el transporte del país se paralizó durante esos tres minutos –incluso los peatones o los ciclistas- mientras las fábricas, trenes y embarcaciones hacían sonar sus sirenas.

El luto y la ceremonia fueron, tal como había sido en realidad la revolución de Mao, y como en muchos casos sigue pasando en la China de hoy, una mezcla de tradición oriental y elementos comunistas. Música fúnebre china o “El Este es rojo” junto con los acordes de “La Internacional”; el cuerpo de Mao cubierto con una bandera roja con la hoz y el martillo en un entorno decorado con grandes cintas amarillas y negras; las tres reverencias ante el cuerpo o la foto de Mao y las flores blancas de papel, junto con los brazaletes negros.

La muerte de Mao fue la continuidad de una serie de importantes acontecimientos que habían comenzado en China en enero de ese año con el fallecimiento del Primer Ministro Zhou Enlai, posteriormente el del Presidente del Parlamento, Zhu De, y en julio el devastador terremoto de Tangshan en las cercanías de Pekín que causó más un cuarto de millón de muertos.

Fue al mismo tiempo el comienzo de otro proceso de cambios políticos marcado por la detención en Octubre de la llamada “Banda de los 4”, de la cual formaban parte la viuda de Mao así como los integrantes del grupo más radical dentro del Buró Político del Partido Comunista.

Dos años más tarde, China emprendía otro camino político y económico liderado por Deng Xiaping y que consistió en una serie de reformas económicas internas y de una apertura comercial al exterior.






China: la Revolución Cultural y otros aniversarios

Después de una larga pausa, regreso a mis Reflexiones Orientales en una fecha y un año donde se cumplen aniversarios de acontecimientos trascendentales en la historia de la República Popular.

Efectivamente, un 16 de mayo de hace cincuenta años, el Comité Central del Partido Comunista de China reunido en Beijing en sesión ampliada aprobó un comunicado que marcaría el comienzo de la llamada oficialmente Gran Revolución Cultural Proletaria, de la que también este año se cumplen cuarenta años de su finalización. 

Si 1966 marcó el comienzo de un movimiento político que sacudió todas las estructuras del país y la vida diaria de su población, una década más tarde, y tras la muerte de Mao Zedong el 9 de septiembre, en 1976 se da oficialmente por terminado lo que ahora oficialmente se conoce como “los diez años del caos”.

Mi llegada a China se produce a mediados de 1975, o sea en la fase final de la Revolución Cultural. Los años más convulsos y violentos de la misma –entre 1966 y 1969- ya habían pasado; habían sido años de grandes movilizaciones de millones de “guardias rojos”, años de violencia física contra todo lo que representaba “lo viejo”, contra los llamados “seguidores del camino capitalista” dentro del Partido Comunista, años con centros de enseñanza cerrados, años donde se vivió con más fuerza que nunca el culto a la personalidad de Mao Zedong.

Sin embargo, la Revolución Cultural no había terminado en 1975 y, a medida que se acercaba la muerte de Mao, se agudizaba la lucha interna en el Partido y el Gobierno sobre cuál era el rumbo que debía tomar China tras la desaparición del llamado “Gran Timonel”.

Nuestra llegada coincidió con un movimiento de “crítica a Lin Biao y Confucio” al que siguió otro de crítica a la novela clásica china “A la orilla del agua” que escondía una crítica velada por parte de la Banda de los Cuatro a Zhou Enlai, quien fallecería en enero de 1976.

En abril de 1976 fuimos testigos de manifestaciones en la Plaza de Tiananmen en recuerdo de Zhou Enlai, que fueron reprimidas violentamente por las “milicias obreras” y que llevaron a una nueva caída en desgracia de Deng Xiaoping y lanzaron otro movimiento político: “la lucha contra el ala derechista que quiere revocar los veredictos tomados” (en la “Revolución Cultural”)

La China de 1975 era en muchos sentidos, y sobre todo en sus aspectos externos, otro país si la comparamos con la que es hoy la segunda economía del planeta.

Beijing, nuestra residencia desde julio de ese año, era una ciudad prácticamente plana –salvo unos pocos kilómetros en el centro de la misma- con millones de bicicletas –casi todas iguales- recorriendo sus calles junto con carros tirados por caballos, muchos camiones del Ejército, y unos pocos autos –todos ellos con cortinas en sus ventanas- de fabricación nacional –el famoso “Bandera Roja” que ahora ha vuelto en su versión moderna para los dirigentes del país, y la marca Shanghai- algunos rusos y polacos y unos Mercedes Benz negros.

Durante el día, el caos del tráfico hacía de Beijing una ciudad ruidosa, mientras que por la noche se transformaba en una urbe oscura apenas se ponía el sol. Los únicos carteles que se veían en la ciudad eran de vivas al Presidente Mao, al Partido Comunista, a la Revolución Cultural y al “invencible Marxismo-Leninismo y Pensamiendo de Mao Zedong”.

La foto de Mao, aparte de en la famosa plaza de Tiananmen, estaba prácticamente en todos lados, principalmente en las entradas de los edificios, y salas para actos públicos, mientras que dentro de instituciones con grandes superficies –algunos Institutos de Enseñanza o fábricas- se levantaban estatuas del dirigente.

La mayor parte de la población vestía con la conocida en Occidente como Chaqueta Mao –en gris o en azul- y muchos llevaban en sus solapas escarapelas con diferentes figuras de Mao o con citas del dirigente como “servir al pueblo”.

El horario oficial de trabajo era de ocho horas diarias seis días a la semana y parte de ese tiempo era utilizado para el llamado “estudio político”.  Los días festivos eran el 1 de enero, el 1 de mayo o la Fiesta Nacional del 1 de Octubre, aparte del año nuevo chino que era el período del año donde se tenían más días de vacaciones.

La comida y los artículos de primera necesidad o de uso frecuente (el aceite, las prendas de algodón, las bicicletas) estaban racionadas salvo para los pocos extranjeros que residíamos en la ciudad. Eran años además en que los alimentos dependían de las estaciones ya que prácticamente no existían invernaderos en el campo ni heladeras en las viviendas de la población. Así, mientras que en verano la ciudad se inundaba literalmente de sandías, en invierno lo hacía de coles.

No existía libertad de movimiento para la población entre diversas regiones del país, ni los ciudadanos tenían Documento Nacional de Identidad por lo que para realizar cualquier trámite había que usar el carnet de trabajo o de estudiante o una llamada “carta de presentación” de la entidad donde estaba asignado el interesado.

Era común ver a matrimonios separados geográficamente –por las “necesidades del Partido y de la revolución”- que, con suerte, se veían una vez al año coincidiendo con el año nuevo chino.


Cartel publicitario sobre la Revolución Cultural

La figura del Presidente de la República había desaparecido con la Revolución Cultural y con la muerte en cautiverio de su último presidente, Liu Shaoqi, así como la del Secretario General del Partido Comunista de China. Todos los organismos oficiales, centros de producción y de enseñanza estaban dirigidos por los llamados Comités Revolucionarios, mientras que las Comunas Populares, con sus brigadas y equipos de producción eran el órgano de poder en el campo.

En lo internacional, cuando llegamos a Beijing, China ya había ganado dos importantes batallas diplomáticas: había sido reconocida en 1971 como miembro de las Naciones Unidas, y había hecho que Estados Unidos rompiera el hielo y el presidente Nixon viajara a la República Popular en 1972. Hubo que esperar sin embargo hasta el fin de la Revolución Cultural para que China y los Estados Unidos establecieran relaciones diplomáticas.

La URSS se había transformado para China en un estado “socialimperialista” que buscaba la hegemonía mundial, y en su peor enemigo, mientras que la pequeña Albania era el principal aliado de la República Popular, junto con Corea del Norte, Vietnam, y algunos de los estados más independientes de la URSS en Europa Oriental, como Yugoslavia o Rumanía.

Ahora, ni la plaza de Tiananmen es la misma que en 1975 y Beijing se ha transformado en una ciudad en muchos aspectos inhabitable por el tráfico y la polución; un bosque de edificios modernos, un mar de coches. Prácticamente lo único que queda de entonces es el retrato de Mao colgado en el edificio principal de la plaza de Tiananmen.

Detrás de esa modernidad, sin embargo, detrás de esos radicales cambios, sigue existiendo una China similar a la que descubrimos en el 75 y que es difícil de explicar. Es la misma China donde los gestos son importantes, donde aún hay que leer entrelíneas, donde muchas veces las cosas no se dicen directamente y donde sigue siendo muy difícil saber qué está pasando y mucho menos predecir qué pasará.

Un nuevo año chino

Una vez más entramos, la medianoche del domingo 7, en el Año Nuevo Chino, que esta vez corresponde al año del Mono. Será mi 40º Año Nuevo desde que comencé mi relación directa con China y en el fondo, a 10.000 kilómetros de distancia, echo de menos el ambiente festivo, los programas especiales de la televisión, y las comidas típicas de la festividad.

En mis primeros años en China, más que año nuevo, se le conocía como Fiesta de la Primavera, ya que marca el comienzo de esa estación en el calendario lunar chino; y los deseos y saludos eran no para un feliz año nuevo, sino para una feliz fiesta de la primavera. 

Era y es una fiesta con fuertes raíces agrícolas y era allí, en el campo, donde las celebraciones duraban más días, y los festejos adquirían un mayor entusiasmo.

Es una fiesta de reunificación familiar, donde se produce el mayor movimiento de seres humanos del mundo en tan poco plazo de tiempo y las estaciones de trenes y de autobuses, los aeropuertos, son más que nunca como verdaderos hormigueros humanos, mientras que las autopistas y carreteras del país viven atascos kilométricos.

Incluso en los duros años de Mao la Fiesta de la Primavera era el período de mayores días de vacaciones del año. Mientras que los primeros de enero, de mayo y de octubre se descansaba sólo un día, para la fiesta de la primavera los días feriados eran cinco. Era, y sigue siendo, el período del año donde se comía mejor, las “entidades” distribuían alimentos especiales y muchas de ellas proyectaban películas y obras de teatro,.

China ha cambiado de forma espectacular en estos cuarenta años, y en algunas cosas sigue siendo la misma. Las ciudades y el campo se siguen tiñendo de rojo –el color de la felicidad- estos días, el transporte de millones de personas es tema de prioridad nacional, los dirigentes visitan a “las masas” –en especial a los más desfavorecidos-, los petardos ensordecen el país y los programas de televisión especiales son motivo de discusión entre la gente y en los medios de comunicación.
   
Hay, sin embargo, fenómenos nuevos en estos últimos años. Por ejemplo, cada vez es mayor el número de personas que pasan estas vacaciones viajando por el mundo, o la nueva moda de “llévese el chef a casa” para las familias más adineradas.

En una sociedad donde, en especial en las zonas agrícolas, no está bien visto el ser soltero a partir de cierta edad, un negocio muy en alza es el del alquiler de novios o novias para así “tranquilizar” a los padres y evitar el acoso de familiares y amigos interrogando “por qué no tienes novio aún”.

2015 el año del gran salto adelante de la diplomacia china

2015 fue un año excepcionalmente activo para la diplomacia china, que parece haber dado un gran salto adelante bajo el liderazgo de Xi Jinping con el objetivo de que el papel de la República Popular en las relaciones internacionales tenga la misma posición de fuerza que la ya alcanzada por el país asiático en el mundo en campos como la economía o el comercio.

El Presidente Xi se está destacando pues como el dirigente más activo de la diplomacia en la historia de la República Popular. En los 33 meses que lleva en el cargo, Xi ha realizado casi 40 visitas de Estado. El año 2015 en especial fue particularmente fructífero para la diplomacia del gigante asiático habiendo estado el líder chino casi un mes y medio (en total 42 días) en visitas fuera del país. 

Aparte de un incremento en las visitas de sus dirigentes al exterior –el Primer Ministro Li Keqiang también ha sido un incansable viajero- la diplomacia china ha experimentado también otros cambios en el fondo y en las formas.

Uno de ellos ha sido el de fortalecer y promover el papel de “Primera Dama” de la esposa de Xi,  Peng Liyuan, en un grado muy similar al que se ve en los Estados Unidos. Si bien los anteriores presidentes chinos también viajaban al exterior con sus esposas, el papel de éstas era mucho más insignificante que el que juega ahora Peng Liyuan como se encargan de resaltar los medios de prensa chinos.

Otro cambio en relación a sus más recientes antecesores ha sido el abandonar el traje occidental y la corbata en las ceremonias de gala para suplantarlos por una versión más moderna del conocido como traje Mao.

Dentro de China, además, los líderes extranjeros que viajan a la República Popular se desplazan ahora en coches chinos, en concreto en una versión moderna del “Bandera Roja”, el “coche oficial” de los dirigentes chinos hasta la década de los 70.

Todos estos cambios en las formas están dirigidos principalmente al público chino que ve con buenos ojos esos detalles que destacan el fortalecimiento de la nación china.

Hasta hace muy poco, cuando un Presidente chino viajaba al exterior “aprovechaba” para visitar un mínimo de tres o cuatro países. En el 2015, sin embargo, vimos por primera vez viajes dedicados exclusivamente a un solo país: en efecto las visitas del Presidente Xi a EE.UU. y al Reino Unido no incluyeron, como lo hubieran hecho en otras ocasiones, viajes o escalas en otros países.

Sin dejar de mantener una relación directa muy estrecha con Putin –de lejos el líder extranjero con quien más veces se ha entrevistado Xi Jinping desde que asumió la presidencia china en marzo del 2013-, entre las visitas más importantes y significativas realizadas por Xi Jinping en el 2015 figuran precisamente las realizadas a los Estados Unidos y al Reino Unido.

Otro aspecto a destacar es que en los desplazamientos al exterior se está poniendo más énfasis que antes en los aspectos económicos y comerciales. Xi Jinping y Li Keqiang están jugando un papel muy activo como promotores de la “marca China”, en especial en sectores como el de los ferrocarriles y la energía nuclear.

En el Tercer Mundo y entre los países en desarrollo China y sus empresas han continuado en el 2015 con una activa política económica, financiera y comercial destinada a, por un lado abrir mercados para sus productos, y por el otro garantizarse fuentes de materias primas necesarias para su desarrollo.

En las relaciones de China con Occidente y otros países desarrollados, sin embargo, las cosas están empezando a cambiar en relación con el pasado. Por ejemplo, actualmente la diplomacia china intenta que los grandes acuerdos comerciales con los países desarrollados se firmen durante las visitas de Xi Jinping o Li Keqiang, con el fin de ganarse más simpatía en los medios sociales de los países visitados. Hasta no hace mucho esos grandes contratos comerciales se firmaban en Beijing cuando los líderes occidentales visitaban China.

Además, en las relaciones con los países desarrollados, los acuerdos que se firman ya incluyen proyectos de inversión chinos y de exportación de productos chinos de alto contenido tecnológico, algo que en el pasado sólo ocurría con los países del Tercer Mundo.

Si las relaciones bilaterales han sido muy activas en el 2015 no menos lo han sido las relaciones multilaterales, donde China se ha apuntado importantes victorias diplomáticas.

En el marco de su actividad con los países emergentes y con Rusia y Asia Central, Xi Jinping asistió en junio del 2015 en Rusia a la cumbre de los países BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) y un mes más tarde, también en Rusia, a la reunión anual de jefes de Estado de la Organización de Cooperación de Shanghai (SCO en inglés) formada por China, Rusia, y un grupo de países de Asia Central fronterizos en su mayor parte con la República Popular.

El Presidente chino participó también en el 2015 en la cumbre del G-20 en Turquía, en la cumbre de la APEC en Filipinas, en la Asamblea General de la ONU o en la reunión sobre el cambio climático en París. Especial mención merece también su viaje a Sudáfrica en el mes de diciembre donde participó en el Foro China-África durante el cual anunció más medidas de apoyo financiero al continente.

En el terreno multilateral, sin embargo, el éxito más significativo de la diplomacia china en el 2015 fue la fundación del Banco Asiático de Inversiones en Infraestructuras (AIIB en inglés) una iniciativa del gobierno de Beijing que contó desde el principio con la oposición abierta de los Estados Unidos que presionó a sus aliados para que no se adhiriesen al banco. El Reino Unido, sin embargo, fue el primer país occidental de peso que desoyendo a Washington se unió al AIIB lo cual produjo una reacción en cadena de adhesiones de países occidentales, entre ellos España.

La creación del AIIB es parte integrante de la política del Presidente Xi Jinping para reactivar la antigua Ruta de la Seda, tanto la terrestre como la marítima, con el fin de impulsar el desarrollo de los países de Asia Central, el Sudeste Asiático, la región del Golfo y África y la influencia de China y de sus empresas en los mismos. 

Al igual que en otras regiones del Tercer Mundo, China tiene en los países de la Ruta de la Seda (tanto en la marítima como en la terrestre) mercados para sus bienes de equipo y de consumo así como fuentes de suministro de materias primas y recursos energéticos.

Otro elemento destacable de la nueva diplomacia china, es que está empezando a jugar un papel más activo que en el pasado en los conflictos internacionales. Aparte de la participación de la República Popular en el grupo de los seis países que negociaron el acuerdo nuclear con Irán, llama la atención el deseo expresado claramente por China de jugar un papel de mediador en el conflicto de Siria, habiendo recibido en Beijing a representantes tanto del gobierno de Damasco como de algunos sectores de la oposición.

Este salto delante de la diplomacia china en general ha sido paralelo al del fortalecimiento del poderío militar del gigante asiático. Es en este contexto que en septiembre del 2015 China realiza un desfile militar con motivo del 70º aniversario del fin de la guerra de resistencia a Japón y de la IIª Guerra Mundial, que en la práctica se transforma en una demostración de fuerza al mundo de su poderío militar.

El fortalecimiento militar, en especial de sus fuerzas navales, coincide con un incremento de la tensión en las relaciones de China con Japón y con otros países del sudeste asiático –de manera destacada con Filipinas- por la soberanía territorial en el Mar del Sur de China.

Este gran salto delante de la diplomacia china y de la actividad de las empresas chinas en el exterior se ha hecho notar de forma significativa en los países Occidentales y desarrollados durante el año 2015 y continuará su marcha en el 2016 cuando uno de los hitos más destacados de la diplomacia china será la reunión del G-20 en la ciudad de Hangzhou.